ESTAMPA DOMINICANA

23 de abril de 2014

Cine en los tiempos del cólera

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Por José D'Laura
Santiago.-Las relación cine y literatura es uno de esos temas que uno sabe propicios para seminarios y congresos: la discusión de nunca acabar y todos tenemos razón.

El estreno en USA de "El amor en los tiempos del cólera", basada en la novela homónima de Gabriel García Márquez, ha puesto nueva vez el tema de moda. Como sólo he visto la secuencia de créditos de la película, me limito (por el momento) a refrescar unas líneas sobre el amour fou del cine y la literatura.

En el mundo cinematográfico, las novelas sólo admiten dos categorías: las filmables y las imposibles, clasificación tan relativa que tiene más excepciones de las que pueden preverse y que siempre varía acorde con quien la hace.

¿Cuál es el secreto para llevar a la pantalla una novela con un mínimo de dignidad? No existe una fórmula precisa, pero muchos dan gran importancia a la capacidad del guionista de traducir las imágenes literarias a imágenes cinematográficas, que no son la misma cosa y necesitan distintos códigos y, por ende, distintas semiologías.

La fiesta del chivo, por ejemplo, se consideró una novela filmable y Luis Llosa hizo una película empantanada (en diálogos). La insoportable levedad del ser, desde su lanzamiento se consideró imposible y, sin embargo, Phillip Kaufman salió exitoso de la prueba.

Pero no existe una buena película de los muchos textos de García Márquez. ¿Por qué? El realismo mágico que fluye de su prosa no acepta traducciones.

En todos los casos, los guionistas y directores han olvidado una regla de oro: cuando se trabaja con una novela hay que dejar fuera de libreto todo lo que no sea cinematográfico y sólo incluir aquello que tiene algún sentido, que tenga alguna significación en la pantalla, que no vaya en contradicción con lo específico cinematográfico.

Por supuesto, esta libertad de adaptación está supeditada a lo que es esencial en la novela y bajo ningún concepto es aceptable ni recortar pasajes fundamentales, de gran significación dramática, ni viciar cualidades físicas o mentales de los personajes en procura de hacer su adaptación fílmica más verosímil.

Vuelvo a García Márquez. Nadie duda de la excelencia de la prosa del Premio Nóbel de Literatura. Pero, para decirlo con sus palabras, el lector suda hielo con sus escritos y ningún director de cine ha conseguido siquiera que entremos en calor con sus aventuras en el mundo garcía-marquiano.

Pongamos por ejemplo la serie de los Amores difíciles (1988): Cartas del parque (Tomás Gutiérrez-Alea, mi querido Titón), Un señor muy viejo con unas alas enormes (Fernando Birri), Fábula de la bella palomera (Ruy Guerra), Milagro en Roma (Lisandro Duque),El verano de la señora Forbes (Jaime Humberto Hermosillo) y Yo soy el que tú buscas (Jaime Chávarri). Ninguna se salva de la hoguera.

Debo admitir mis simpatías por algunos logros en Eréndira (1983) que dirigió Ruy Guerra. Pero todavía recuerdo el amargo sabor que me dejó Crónica de una muerte anunciada (1987), de Francesco Rosi.

Más recientemente, el mexicano Arturo Ripstein llevó a la pantalla grande El coronel no tiene quien le escriba (1999). Mejor me reservo el comentario. (Al igual que con la reciente adaptación de Carnaval de Sodoma, la magnífica novela de Pedro Antonio Valdez, porque, créanme, es material para otra crónica).

Se sabe que Ruy Guerra dirigió "La mala hora" hace un par de años, pero de esa no tengo ninguna referencia.

Vamos a los maestros: John Howard Lawson en su Teoría y Técnica de la Dramaturgia establece varias diferencias entre la técnica del novelista y del guionista que siempre hay que tener en cuenta:

1) El filme debe mostrar una acción visible. La novela es más discursiva: puede detenerse, describir, reflexionar. Puede describir un paisaje inmóvil, un personaje que no ejecuta ninguna acción. Esta es la diferencia básica entre la narración escrita y la visual.

2) El conflicto cinematográfico no puede concretarse en divagaciones genéricas que expresen la posición del autor hacia la vida y la sociedad.

3) El filme debe personalizar el conflicto. Los hechos que se producen en pantalla deben individualizarse con personas que observan la acción o participan en ella; 

4) El conflicto cinematográfico provoca una tensión visual que no es necesaria en la novela. También el novelista expresa un conflicto, pero se limita a estudiar las consecuencias, a esclarecer el significado desde el punto de vista individual y social.

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